Somos ese hombre común que aún cree

El que sueña, el que espera siempre el mismo colectivo, el que toma mate amargo, el que pide un especial de jamón y queso a las 3 de la madrugada en un barcito de esquina, el que duerme, el que se levanta todos los días a las 7 y el que se acuesta pensando que mañana, en una de esas, el sol lo ilumina y se le da…

Aquel que ama y no lo dice o aquel que ve a quien ama en los brazos del amigo… el que llora y ríe, el que compra el diario en esa hora indecisa del amanecer… El que escribe con una BIC y el que piensa que internet es la salvación del nuevo mundo.

Pensaba hacer una crónica futbolera pero terminé escribiendo algunas frases sueltas y sin sentido aparente. Aunque si uno lo piensa: comer, soñar, dormir, amar, sentir, trabajar, estudiar, hablar, pensar y hasta no animarse a decir te quiero, son las cosas comunes de todos los días. Esas mismas cosas que hacemos cada día sin pensar que las hacemos.

Osvaldo Ardizzone, maestro de periodistas (estrella de El Gráfico de redacciones con teclas que piqueteaban las carillas y un café humeaba al lado de un cigarrillo encendido), vecino de Banfield, recitó en un par de versos esto que quiero decirles: “Más que un filósofo, soy un hombre común (…)”, decía.

Somos un puñado grande de almas Celestes que cada día soñamos con un sueño mejor y andamos aún con esa lucecita de esperanza que nuestro equipo dé un paso adelante y pueda darnos una mueca de sonrisa entre tantos tonos grises que nos abrazan como una tardecita nublada y de lloviznas.

“(…) Todos ambicionamos las alas libres del gorrión, el mágico billete para un tren sin destino, la excitante incertidumbre de un camino largo sin final… O la promesa de esa muchacha desconocida que, en un atardecer de otoño, anda despreocupadamente por un parque arrebujada en un tapado azul”, escribió Ardizzone en su Hombre Común. Y agrego que también ambicionamos un triunfo de nuestro Temperley… ese que nos haga cerrar el puño y empujar el aire…

Porque ese Gol justo a tiempo le dará a cada uno de nosotros los argumentos justos para (cito a don Osvaldo) “recalar en el estaño de un boliche de gente laburante y compartir las pausas de un aperitivo mientras en la vitrola, ya casi afónica, se molía un tango de Homero en la voz de Florentino, del Gordo Troilo…”. Hoy el hincha actualizará esa máxima con otros temas pero será siempre con el gorrito puesto y con la camiseta encima con el escudo sobre el corazón… Es que no hay nada más común que la esperanza de un hincha.

Federico Gastón Guerra

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