La noche será madrugada, la madrugada no terminará nunca…

El mundo del fútbol estaba esperando ansioso el mundial de Brasil. Mientras tanto, en Temperley, estábamos todos subidos a un camión: al camión de la ilusión. El camino no fue para nada fácil, luego de una derrota ante Chacarita se habló de una pelea en el vestuario a lo que los jugadores respondieron de esta manera:

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El mensaje era claro y motivador. Pero las dudas seguían, Anibal Biggeri dejaba de ser el director técnico luego de la eliminación en la Copa Argentina en manos de Chacarita y una noche más que negra ante Fénix en la que el Gasolero ganaba 3-1 y en cuatro minutos, lo perdió 3-4. Llegó Ricardo Rezza, pero en su debut el Cele tuvo otra noche oscura. Le ganaba 1-0 a Tristán Suárez y en tiempo adicionado se fue con las manos vacías, 1-2 final.

El equipo comenzó a afianzarse, los resultados empezaron a darse y Temperley se acomodó en la tabla de posiciones hasta terminar segundo. Nadie podía parar a el camión de la ilusión, ni Fénix en la semifinal del reducido. Nos esperaba Platense en la final y este partido tenía un sabor más que especial después de ese episodio en 1987 en la que el Tolo Gallego les dió una mano, literalmente. El partido de ida se lo llevaron los de marrón y todo se iba a definir en el Teatro de Turdera.

¿Te acordás como esperábamos la llegada de esa final? La cuenta regresiva, los preparativos, la ansiedad, la incertidumbre. Hinchas llegando desde todos los puntos del país. Todos querían estar presentes. Se habló mucho durante la previa, domingo a las 22.10 y la famosa mano negra…

En la tribuna, en el mismo lugar de siempre, comenzó la fiesta de los hinchas. Los equipos estaban por salir a la cancha y se dió un recibimiento que sin dudas, fue el mejor que viví en mi corta vida. Mientras tanto, Federico Crivelli arengaba a sus compañeros en el túnel “Mentalidad fría, corazón caliente” una frase que quedará en la memoria de todos para siempre.

Pasó el primer tiempo sin goles y el reloj se convirtió en un rival más. Un gol era la gloria, pero no llegaba. La tensión crecía y a falta de cinco minutos Brian Cucco se va expulsado. Yo sólo miraba al cielo y le rezaba a cualquier virgen/santo que se me cruzaba por la cabeza. Veía como los allegados de Platense se iban festejando y estuve a punto de romperme en llanto, de bronca, de tristeza. Volví a mirar el partido y veo que la pelota se va al lateral. Lito Ramos saca y se la pasa a Gastón Aguirre que tira un centro, queda corto y en la trayectoria de la pelota cabecea Di Lorenzo para que en el área Ariel Rojas, la mande a la red hasta convertirse en un mural con la imagen de Rojitas gritando el gol. Las lágrimas de tristeza que tenía acumuladas se convirtieron en gritos y en abrazos a amigos, conocidos y desconocidos.

El fútbol nos daba una chance más, la chance de los penales. Algunos no querían ni mirar. Yo fui uno de los que se animó a ver esos penales, nunca sentí tanta seguridad y tanto miedo al mismo tiempo. Se patearon los 5 penales de cada lado y llegó el momento del 1 y 1. Primero convirtieron Arregui y Molina, luego Ariel Rojas (el pibe del club, el héroe de la noche). Le tocaba patear a Humberto Vega mientras de los cuatro costados del Beranger se escuchaba el grito de guerra de “Y Temperley, y Temperley y Temperley y Temperley”.

Si cerrás los ojos volvés a estar ahí, esperando ese penal contra el arco de las vías, soportando el frío de esa noche pero con el corazón más caliente que nunca. Crivelli sacó a relucir su capa de Superman y esa madrugada del lunes 9 de junio del 2014 a las 00:23 el alma del hincha de Temperley atravesó por los estados más sensibles que puede tener un ser humano. Ver a los viejos echando lágrimas recordando el camino recorrido, ver a los nenes siendo la nueva generación y en el medio la mayoría, los que veíamos por primera vez un ascenso de nuestro club.

No tenemos que vivir del recuerdo, para nada. Pero no hay que perder nunca de vista ese ascenso, que sin dudas fue un antes y un después para el club, institucional y futbolísticamente. La unión entre los jugadores: esos locos que empezaron con un sueño escrito en una cartulina y sus hinchas, formaron una gran familia Celeste. Fue el primer ascenso en la historia del club en el Estadio Alfredo Martín Beranger, que más que un estadio de fútbol es un pedazo de cielo en la tierra.

Fuimos testigos del despertar del gigante dormido, por fin salimos de esa prisión llamada Primera B Metropolitana en la que estuvimos encerrados 14 años. Cada aniversario de ese ascenso celebremos y recordemos esa noche, esa madrugada, esa final agónica que sin dudas tuvo nuestra esencia, la del hincha de Temperley “Si no se sufre, no vale” y nos encanta que sea así. Buscando la gloria siempre Gasolero, hasta que salga el tiro del final como aquél de Ariel Rojas.

Agustín Acevedo

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