El rocío de la noche nos dio su bendición

La chica estaba con otros amigos y lloraba. Sus lágrimas rodaban por la camiseta hasta confundirse con el escudo de Temperley. Se quitó los anteojos, limpio sus ojos y siguió leyendo en su celular. Yo miraba sentado en una de las viejas (eternas) plateas de madera que, ahora, adornan el fondo del club. Esperaba que se haga la bendita hora señalada para entrar al gimnasio y ver (sentir) el partido con Vélez Sarfield. Ella estaba leyendo estas columnas y miraba al cielo y se aferraba a esa magia que tienen las noches y el Celeste. Me emocioné. Me quebré. La acompañé en ese llanto silencioso y me perdí en la oscuridad del galpón que parecía una garganta dispuesta a gritar sin fin por la permanencia en la A.

Llegaron los goles de Olimpo desde Mar del Plata y ese saber que nos quedamos con sólo el empate. Una pequeña tribuna en el fondo se colmó de banderas y el cemento, de saltos tan altos como se pudiera. Copó el espacio el sonido de los redoblantes y las trompetas. Gritos profundos que parecían herir el crepúsculo del lugar.

Temblaba en ese tablón de madera que emulaba estadios antiguos y lejanos. La radio pegada porque la imagen del partido se armaba en sombras. Solo y en casa no hubiera resistido 90 minutos largos de espera. Porque el partido se pareció a eso: a una gran sala de espera con una puerta cerrada y que sólo iba a abrirse a quien tuviera la llave de esta felicidad.

Lo dijo el gran Eduardo Sacheri en una de sus novelas: Ser feliz era esto. Pero para llegar a ese desahogo faltaban esos últimos instantes de conclusión en la ciudad balnearia. Y ese segmento definitorio en Liniers. Todo llegó entre alaridos y afonías que empezaron a gestarse en la tarde del lunes con la partida del equipo a la casa de El Fortín. Y fueron guapos. Y sufrieron. Sufrimos. Vencieron a todo. Vencimos a todo.

Con el final las manos abiertas nos unieron bajo el mismo cielo sin luna y lleno de nubes. Es que las estrellas estaban en su festejo allá en Capital Federal. “Dejaron todo. Dejamos todo”, pensé al caminar lento esos pocos pasos hacia el estadio ya de luces encendidas. Quedaba aún un tiempo de espera a puro festejo en las tribunas y con la misma pasión de un campeonato.

Ser de Temperley es festejar todo lo bueno que te pasa. Porque cada cosa que ahí pasa nos pasa. Nos inunda el barrio. Nos contagia. Porque fuimos un bollo de papel desechado en medio de cualquier tormenta y porque supimos transformar esa hoja en un barco de papel que supo dominar todas las olas y llegar hasta la orilla y clavar la bandera Celeste en PrimerA.

Chicos, padres, abuelos, nietos, tíos, tías, novios, novias… Ahí todos en la más dulce de las melodías cantando por este Gasolero que seguirá dando batalla en todas las canchas de la elite futbolera. Pero que es mucho más que jugar en la A es lucir el color que simboliza el cielo en la tierra. Es salir a regar con orgullo el sudor de esta casaca.

Allá quedaron los amigos Richiutto en San Miguel de Tucumán envueltos en banderas y emociones a flor de piel (cantando a vos en cuello “El celeste es de PrimerA…”) mientras yo en la madrugada oscura y destemplada volvía del Beranger con tanta felicidad que aún tarareaba esas canciones que, sin parar, comenzaron tan temprano. Pensaba en esa chica que lloraba y mojaba su alma con gotas que marcarán a fuego su vida Celeste. Como la mía. Como la de todos cuando nos abrazamos y volamos en cada festejo, en cada puño cerrado… en cada hazaña bendecida por el rocío de la noche o por el brillo del sol.

 

Por Federico Gastón Guerra

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