Todo el tiempo en un instante

Nostalgias. Temperley y Rosario Central, otra vez, tres décadas después. Más allá de los resultados, la semblanza de la tristeza, la felicidad y la esperanza en esa máquina del tiempo en la que nos sumerge nuestro columnista Federico Gastón Guerra. Te invitamos a salir a la cancha y a perderte entre canchitas, camisetas y recuerdos de la infancia.

Ya sé que el resultado no estuvo de nuestro lado. Sé que ese 2 a 1 en contra nos dejó un sabor a dejaron todo y faltó un poquito para quedarnos con algo. Pero ese partido con Rosario Central juro que lo viví distinto. A ese encuentro lo esperaba desde hace 30 años. Tenía 8 cuando con mi papá quedamos en la puerta del Alfredo Beranger pateando chapitas y viendo mezclas de gorritos amarillos azules que se mezclaban con nuestro Celeste de siempre. Aquel 1987 que fue un tobogán, y no de plaza, en la vida de los Gasoleros. Luego llegaron las mejores rachas y estos tiempos que deben valorarse tanto como si se tuviera una cajita que guarda nuestros mejores recuerdos de toda la vida…

Creo que ya por esos años pedía que mi torta de cumpleaños tuviera la típica cancha de fútbol que se hacía con grana verde, dos arcos y esos muñequitos que casi siempre eran de Boca o River. Pero que seguro hice hasta lo imposible para que mi mamá me consiga al menos unos pocos Celestes para que la frutilla de mi postre sea color cielo… mí color cielo.

En cada paso que di el lunes para llegar a mi platea sentí que estaba en esos pasos de purrete que en ese entonces cruzaban el campito Finky en una mezcla de maleza alta y cañaveral espeso donde el camino sólo era marcado para los que conocían e iban y venía al Estadio de Temperley.
Esa tarde empatamos 1 a 1 y la historia es conocida. Pero la mía es sólo una más de esas miles que se juntaron a vibrar por un equipo que no podía defraudar. Nosotros con mi papá nos quedamos en la 9 de Julio. No quedaban entradas en tiempos en los cuales en casa tampoco sobraba mucho para comprarlas. Pero ahí nos quedamos un rato viendo toda esa procesión de los de Rosario Central que iba en busca de su título en Primera y de los Gasoleros que esperaban seguir de Primera.

Fue, creo, en ese camino al Beranger que me contaron aquello de cuando tenía 3 o 4 años y de una cabina de trasmisión me pusieron los auriculares para que escuchara, tal vez, un relato un gol o a un locutor relator hablando en voz rápida y precisa como hacen los que trasmiten emociones por radio.

Estoy seguro que esas pequeñas cosas son las que te llenan de pertenencia. Son las que, como escribió el gran Eduardo Galeano, te hacen decir “Hoy jugamos nosotros”. No son los jugadores de Temperley los que juegan, soy yo el que cabecea en esa platea o ataja o patea… Esos instantes en el que todo el tiempo se vuelve efímero y sólo estas ahí. Esa sensación que te llena el alma y te suspende por sobre todo lo que no flota y te eleva tan alto y tan de prisa que sos vos y tus emociones a flor de piel, en carne viva.

Sé que todo esto que cuento parece cuento. Pero es tan cierto como mi espera de 30 años para volver a ver ese partido. Ese que me dejó afuera a mis 8 años. Ese que apena recuerdo como en entre nieblas del riachuelo cuando terminó y fue empate y la radio de casa traía, tal vez, a ese mismo comentarista que años antes me prestó esos auriculares que nunca más pude sacarme de mis grandes momentos de cancha…

Y ese abrazo a papá en la noche del lunes en el empate que luego fue derrota. Para mí fue un triunfo al tiempo. Si hasta a mí se me hace fábula que volví tres décadas después por una revancha personal. Y que todo el tiempo fue un instante… Mi instante de gloria.

Federico Gastón Guerra

Comentarios