Como en un cuento de hadas…

Mi mamá siempre dijo: “No creo en las brujas pero que las hay las hay…”. Uno no entiende esas frases hasta que es más grande. De chico creemos entenderlas pero en forma literal. Mirábamos el cielo cada tanto para asegurarnos que ninguna viejita fea de mal talante ande con su escoba, y nos íbamos a dormir tan cómodamente que nadie nos despertaba hasta el otro día un ratito antes de ir a la escuela. Pero, claro, ese refranero venía por otra parte…
Juro que lo pensé una y mil veces que al partido con Godoy Cruz: “Lo ganamos en la última”. Justo a la hora en que el hechizo se termina. Ahí en el momento en que la princesa besa al príncipe en ese segundo antes del gong de las 12 de la noche. Es que el técnico de los mendocinos era el mismo de aquel gol histórico de Ariel Rojas,  una leyenda que contaremos por siempre jamás. Sí, Sebastián Méndez… el que conducía a Platense en aquella jornada de cuento.
“Y mi mamá que es tan sabia no iba a andar diciendo esas cosas porque sí”, pensé camino al estadio Alfredo Beranger. Pero los minutos se consumían y el arquero de ellos era figura y clausuró la portería como quien pone una puerta de acero anti todo. Menos contra dichos y saberes populares…
Antes, allá en la entrada, un policía de esos que revisan al socio hasta las muelas (a quienes llevamos carné al día, bono, platea anual, DNI y hasta su hija se llama Celeste) me dijo que dejara la radio. Mi radio a pilas debe ser el objeto más amado y odiado de mi vida, la que me trae esos goles que veo en la platea y los que no veo en otros estadios (o en esa misma platea). Le dije que no. “Hace más de 30 años que vengo a ver al Cele y vos no me vas a hacer dejar mi radio”, dije sin pensar en que pocas cosas en la vida debo hacer con mis 37 años por más de tres décadas…
En ese pasillo de siempre que me lleva a la platea pensaba que esa noche tenía que ser. Había poca gente, es cierto, en nuestra casa. Alguien en la radio, que logré pasar, dijo que “es preferible que seamos pocos y alentemos con el corazón a que seamos muchos y dentro de esos tantos estén los que alientan con otros objetivos”. ¿Cómo se puede gritar un Gol sin sentirlo de adentro?
Y en eso cuando el final de la historia llegaba a su último capítulo. A su última línea. A su última palabra y todos los sueños de hincha iban camino a convertirse en trastos viejos, calabazas y ratones… Apareció antes del punto final un pase de maestro de Di Lorenzo y una pegada de Marcos Figueroa (ex San Martín de San Juan así es el fútbol) de como quien pasa un hilo por el agujerito de la aguja una noche sin luna…
Ese grito de ¡Gol! cerró una noche perfecta. De las que invitan a soñar que el cuento que nos contaban de chicos puede ser cierto. Que ese final feliz está dentro de todos los que se pueden leer. Que las páginas siguen tan abiertas como esa foto que me envió el amigo Chiqui Richiuto desde Tafí del Valle en Tucumán que mostraba un cielo limpio y una bandera de Temperley haciendo juego…
Y así es la vida de quienes pateamos ilusiones. De quienes aún miramos cada noche a las estrellas y le pedimos deseos. Pero además estamos atentos a no ver pasar alguna escoba con una señora que se ría fuerte. Porque amigos… Que las hay, las hay.

Federico Gastón Guerra

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