Diluvio Celestial

Los invitamos a leer la columna de nuestro colega amigo Federico Guerra, que aporta como siempre sus pinceladas repletas de color y verdadero sentimiento celeste.

Pasó todo como en un instante. Pero no fue una película, fue una sucesión de cuadros que se unieron rebeldes en la cabeza de este hincha que en medio de la tormenta no distinguía entre lágrimas y gotas de lluvias que caían como sin un océano se hubiera derramado de un gran contenedor desde el mismísimos cielo.

Cada retrato de esos momentos fue una pintura exquisita de los mejores artistas: el gol agónico contra Platense, los penales de esa noche que aún no quiere amanecer, ese torneo fugaz de la B Nacional que selló el 3 a 1 contra All Boys, ver a Boca, Independiente, Vélez, y este festejo loco frente a Argentinos. Y todo pasó en el mítico Beranger.

Pocos deben tener el orgullo, en el mundo entero, de ver a su equipo ascender dos veces seguidas y quedarse en Primera en su propio estadio. Y todo en una fracción de segundos para lo que es la historia del fútbol.
La semana previa al último encuentro fue de cosquillas, dormir exaltado, pensar que a la menor cáscara de banana en el piso la bandeja de la ilusión iría rodando y no justamente por Callao, como dice Balada para un loco. Todo era una suma de especulaciones, parecía que tanto vivido podía romperse como una ola frente a la escollera.

El domingo hicimos un asado en Turdera con una poderosa barra que llegó desde Tucumán y Mar del Plata. La previa fue entre risas nerviosas y esa sensación de que la perinola podía caer donde quisiera. El capricho, a veces, es más juguetón que la razón. Pero somos Temperley y sabemos poco de razón y mucho de capricho y de buen insistir.

Hasta la página del pronóstico del tiempo era consultada una y otra vez para ver si llovía antes, durante o después del partido. Pero no llovió. Se cayó el cielo. Y es cierto que se cayó el lunes, si todo lo Celeste que cabe en el firmamento estaba a sus anchas en el Teatro de Turdera. Por eso no quedó nada de ese color allá arriba, porque estaba aquí abajo.

Y no importó la lluvia, como no importó que contra Platense terminemos en la madrugada de un lunes o con All Boys en una jornada tórrida de diciembre. Más agua caía y más se cantaba y se saltaba como si los gritos ahogaran el sonido vivo del temporal que llegó inesperado y se fue al notar que ninguna de esas casi 20 mil almas tenía intenciones de mirarlo.

Antes, cuando estábamos secos, una nota imponente de mi amigo Marcelo González, recordaba a título de artículo que fueron 2 años, 3 meses y 11 días los que nos tuvieron sin nuestro cielo propio. Pero se volvió del polvo de las cenizas. Porque como dice otro gran amigo Celeste, Carlos Algeri, qué otro hincha se banca sin club todo ese tiempo y con cartel de remate. Ninguno, si somos los dueños de ese momento que hoy contamos con pecho inflado de orgullo porque fue la gente la que sacó a Temperley del infierno.

Hoy como un gran homenaje a esos héroes que hipotecaron sus propias casas para empezar a caminar, la permanencia en primera fue con presupuesto austero y economías saneadas. Claro que nos enojamos cuando la travesura del resultado no empezó a ser esquiva y rogábamos por más delanteros… Aunque eso es para otra mesa de café. Esta quiero compartirla, con mi papá Carlos, gran motivador cuando todo parece que se me hunde en el pecho, con mi amigos periodistas que escuchan mis rezongos para ir más al frente y ponen mesura o desenfreno a mis enojos, a ese tío que un día me dijo que Temperley ya no volvía y que busque otro club en la crueldad de mis 10 años y hoy debe ver la fiesta sin mojarse por encima de la nube, a los Ricciuto con quienes transformamos Tucumán en Turdera.

Y a todo ese plantel y cuerpo técnico vaya el reconocimiento de este hincha que entre nostalgia y sentimientos a flor de letras es inmensamente feliz cada vez que debe hincharse el pecho para gritar a todos los vientos: Soy Celeste.

Por eso esa lluvia, que pareció tan inoportuna e insólita, no fue más que un Diluvio Celestial que se confundió entre los llantos de la felicidad en esa simpleza con que la voz del estadio nos dijo al final: ¡Temperley es de PrimerA… y de PrimerA no se va!

Federico Gaston Guerra

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